LA RECREACIÓN DE LOS REYES EN LA PLUMA DE PATRICIA CHAPELA
lunes, 11 de enero de 2016
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Tharsis: La recreación de los Reyes en la pluma de Patricia Chapela

07/01/2016

La Historia cobra voz, un latido nuevo. Hace mucho, mucho tiempo, se oyeron voces anunciando que había otros lugares, otros reinos. La tierra terminaba en un horizonte azul como el cielo. Los hombres habían surcado mares y océanos de fuego. Las travesías hacia otros lugares se cobraban los trofeos –el mar lo devoraba todo-, pero los hombres seguían gritando que había otros reinos. Narraban historias de un lugar perdido con ríos de sangre y aguas turbias como el cieno. Al río le llamaron Tartesos.

Naves de quilla, pecios fenicios, surcaban oleajes inmensos en la búsqueda de metales preciosos. Entre la gente del mar, se oían leyendas, que apuntaban en una nueva dirección. Apresurados, cosían las cuadernas de higuera, de este modo, las embarcaciones disponían de un esqueleto de madera para partir hacia un mundo que era un misterio.

Los metales eran el foco del marino, el destino cierto.

Mercantes arribaban a una costa poco accidentada preñada de caños, flechas y esteros. ¿Quién aguardaba allí, en ese rincón de Occidente –el viejo-, acaso Tartesos?

¡Vamos, carguemos la nave, emprendamos el rumbo, marineros!

Arribaban navegantes llenos de osadía, hagallas y temores en un puerto ajeno. Andaban preguntando en el viejo fondeadero ¿dónde está Tartesos? ¿dónde están las minas de oro y destellos? Asomaba en lontananza un cerro de rojo intenso que cegaba a los hombres nuevos, y fue en esa dirección donde acudieron.

El paso de estos hombres dio a conocer al mundo la existencia de un lugar mágico, lleno de dones fecundos, en tierras horadadas por metales profundos. Su nombre arribaría a otras costas; ¡THARSIS!, ¡THARSIS ESTÁ EN EL MUNDO!

Viajes sin final atraviesan la orbe para arribar a los cerros profundos donde una colonia de hombres, ya habían trabajado en lo oscuro. Allá en el Cabezo.

Juré se fraguó el rumbo. Corría el siglo II antes de Cristo, romanos y cartagineses luchaban sin descanso ante la sed de metales: Aníbal, Escipión y Catón, provincias de Citerior y Ulterior.

Comenzó la carrera de las armas, alaridos de hombres que fenecían en una batalla interminable, ¿a dónde nos lleva esto? Erige Roma la bandera en territorios extranjeros. Hispania cae como un viejo lienzo.

En la Era Común, anno domini, el mundo dormía inquieto. Una leyenda de hombres acunaban un nacimiento que desvelaría al Universo un mensaje nuevo. Sabios, filósofos y pensadores del momento no querían perderse este evento ¿dónde nacería la criatura que traía la Paz a un mundo complejo? Astrónomos del momento vigilaban las estrellas y el cielo. Los presagios eran anunciados por el cosmos y el oráculo de Delfos. Los sabios hombres, los sabios viejos, Magos…llamados por aquellos tiempos, atentos a las palabras que viajaban entre mares de Oriente y Occidente, esperaban con atención una señal del firmamento.

Languidece la tarde, y en el pueblo obrero, sólo alumbran las antorchas de los viejos mineros. Vienen con camino lento hacia sus casas, después de sostener el sustento, en las noches y en los días de aquella mina de rojo intenso. Desde lejos, se oye el martillo sonoro que araña los cantiles, madre tierra que cruje entre viento y sombra.

Los Magos, se acercan al pueblo, y sorprendidos por sus metales cruzan con camino pausado un río cercano, un mercado de abasto entre senderos y cerros. Llegan al lugar y son aclamados por los mineros: ¡Ya están aquí los Magos! ¡Visitan nuestras minas, los sabios ancianos!

Hay un murmullo, la gente se agolpa por la llegada de los sabios. Los pasos de los caballos alertan el encuentro. Los Magos asoman entre lomas doradas y a su paso, salen al encuentro: artesanos, chacineros, lavanderas, niños, ancianos y mineros. Se siente el clamor, el entusiasmo, las almas prendidas por la ilusión del momento. Se oyen voces de aliento:
– ¡Mirad, nos visitan los Magos!
– ¡Vamos todos! ¡salgamos a su encuentro!

Sus majestades se aproximan a la multitud con alegría en sus rostros. Vienen cansados de un viaje largo pero a pesar del agotamiento, encuentran en el pequeño pueblo unas gentes llenas de cariño, de calor y anhelo. Con pausa, descabalgan a sus corceles y se aproximan a la muchedumbre. Entonces, en aquel momento, se atienden a la voz de un minero:

– ¡Alegría sentimos de estar hoy recibiendo a los maestros! Os tomamos con honor y el corazón abierto como nuestras minas, como nuestro aliento. Sabemos que vais al encuentro que cambiará el mundo, allá en Judea, nacerá quien viene a salvar el mundo, el Mesías, ¡el rey de hombres! Os acogemos para que le llevéis presto, los dones de nuestra tierra, el oro que alumbra nuestro destino cierto. Hoy será un día grande, la Historia nos recordará siempre por ser el pueblo, la aldea de mineros que veneró al niño Dios con las riquezas del suelo.

– ¡Tomad, tenedlo como vuestro! Es nuestro corazón, lo que os entrego.

Los Reyes alzan la mirada sobre aquel pueblo, humilde, trabajador y honesto. Y fue entonces, cuando uno de ellos irrumpió con una voz serena como un eco:

– Pueblo de Tharsis, en nuestro pecho late fuerte este momento, la Historia grande se escribirá con otra pequeña que nace en este rincón minero. El viento os traerá el mensaje que, desde lejos, emitirán nuestras voces, nuestro agradecimiento. Partimos de este acercamiento no sin antes, agradeceros vuestro gesto, vuestro aliento. La travesía es larga, más en nuestros corazones, palpitará para siempre vuestro ego. Gentes del Sur, del Occidente antiguo, de cultura milenaria, de horizonte inédito. Dichoso nos alejamos de esta tierra dorada y con el oro del esfuerzo, la ofrenda al niño Dios le daremos. ¡Tomad las riendas de la Historia, mineros y mineras, corazones de cobre y viento!

Patricia Chapela.

 

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